El mayor ghosting de mi vida no me lo hizo una cita, sino Forvenues.
Participé en un proceso de selección fruto de una recomendación interna de alguien de la empresa que yo conocía. Incluyó tres entrevistas con diferentes perfiles: la primera con dos responsables de departamento para valorar en qué área encajaba mejor, una segunda con Recursos Humanos y una tercera con la dirección del área específica. En teoría, quedamos a expensas de que me convocasen para la cuarta y última ronda, en esta ocasión, con el CEO, tras la cual obtendríamos el veredicto definitivo.
Las conversaciones fueron de calidad y el feedback parecía muy positivo por ambas partes, algo que entendí también por la continuidad y el avance de las fases.
Sin embargo, entre cada reunión (dos presenciales con el pertinente desplazamiento desde mi lugar de trabajo, y una virtual) se me indicaban plazos para recibir noticias que nunca se acercaron ni de lejos. La vida está llena de imprevistos que pueden derivar en la ralentización de la decisión, nadie lo duda, pero ahí entra la comunicación.
Concretamente, después de la última entrevista esperé de nuevo alrededor de dos meses sin recibir ninguna respuesta. Contacté por correo tanto con Recursos Humanos como con la dirección del área, y al no obtener contestación por ninguna de las partes, recurrí también whatsapp, canal de comunicación que ya habíamos empleado anteriormente. Y llegó el ghosting definitivo. Nunca más volví a saber de ellos, sí de la persona que me recomendó, que obviamente no daba crédito a la situación, pero según me comentó, poco podía hacer.
En definitiva, un candidato dedica tiempo, energía y también ilusión al participar en un proceso de selección, siempre entendiendo que se trata de una valoración bidireccional y sin expectativas definidas. Precisamente por esa bidireccionalidad, el respeto en la comunicación debería estar presente en ambas partes. Cuando una empresa decide conocer a alguien a través de varias entrevistas, ofrecer una respuesta final, aunque sea negativa, debería formar parte natural y profesional del proceso.
Si yo fuera el CEO, me sentiría de todo menos orgulloso de dicho modus operandi, hasta la empresa más aspiracional puede pasar a convertirse más en un patio de colegio que un espacio profesional serio si no se cuida el recurso más importante, LAS PERSONAS.